Publicado originalmente en Citywire el 24 de octubre de 2024 por Javier Fernández González, CFA, CIPM, miembro del Comité CIPM de CFA Society Spain, Executive Director en Julius Baer España
Parece que cualquier comentario estos días que cuestione la inversión ASG, más conocida por sus siglas en inglés, ESG (“Environmental”, “Social”, “Governance”), merece las más duras reprobaciones y descalificaciones.
Sin ánimo de refutar las muy loables intenciones de este estilo de gestión, debemos preguntarnos por un lado si la inversión ESG ayuda verdaderamente a crear un mundo mejor y si, como abundantes reclamos “marketinianos” prometen, es la forma de obtener mejores rentabilidades en el medio y largo plazo para nuestra cartera de inversión. El primer punto ha dado pie a muchas opiniones enfrentadas, es complicado de acometer y tocaríamos además cuestiones emocionales y subjetivas. El segundo, en cambio, es abordable desde una perspectiva más académica y objetiva.
Dado que “la bondad” parecía tener un potencial de venta limitado, muchos optaron en sus inicios por referirse a la rentabilidad como uno de los principales argumentos de venta de ESG. De hecho, la inversión ESG fue a menudo soportada en el proceso de venta por artificiosas gráficas que mostraban una mejor rentabilidad a largo plazo. Y así era, en gran medida, en base a los datos disponibles en ese momento y con el plazo convenientemente escogido, ya que como diría uno de mis compañeros, “no hay fondo malo sino gráfico mal escogido”.
Sin embargo, como ya relatamos en el anterior artículo de esta serie (La falacia de la rentabilidad del año en curso), extraer conclusiones sobre rentabilidades esperadas en base a series cortas, o sin analizar en mayor detalle las fuentes de rentabilidad, nos puede llevar a conclusiones ilusorias. El primer problema es identificar los factores ESG, ya que la medición es muy complicada, da pie a cuestiones controvertidas, hay diferencias importantes entre proveedores, y los criterios cambian con frecuencia. Si bien los proveedores de información sobre este estilo de gestión están desarrollando metodologías cada vez más sofisticadas de calificación y seguimiento, por ahora no han conseguido identificar ESG como un factor en sí mismo, es decir descorrelacionado con otros factores y estadísticamente independiente. Dicho de otro modo, la exposición a activos con mejores o peores calificaciones de ESG no explicaría, por sí misma, mejores o peores datos de rentabilidad o riesgo.
Por otro lado, algunos de los principales detractores de ESG, como el profesor de New York University Aswath Damodaran, cuestionan la consistencia de estos argumentos. Parece muy poco creíble que los gestores con un universo de inversión más reducido, como consecuencia de las calificaciones ESG de determinadas compañías, puedan obtener en el largo plazo mejores rentabilidades que aquellos que disponen de mayor libertad en cuanto a su rango de actuación. Algo similar ocurriría si el argumento pasara a ser que esta inversión implica menor riesgo, ya que la teoría financiera concluiría que, a menor riesgo, menor rentabilidad esperada.
Por lo tanto, esa supuesta mejor rentabilidad o menor riesgo a los que se alude en ocasiones en la venta de los productos ESG, no sería atribuible a este estilo de gestión. Si bien con anterioridad a la crisis del Covid sí era cierto que la inversión ESG obtuvo mejores rentabilidades, esto fue en realidad el resultado de que este estilo produjo una exposición mayor a los sectores que mejor se comportaron, es decir aquellos de “growth” o crecimiento, tecnología, y con un sesgo hacia compañías de mayor tamaño.
Algún agorero pensó que el Covid conllevaría el final de ESG, pero la pandemia acentuó más aún la importancia de tomar en serio los problemas sociales. No fue hasta más tarde, con la guerra de Ucrania y el entorno de tipos de interés más altos, cuando la rentabilidad de las carteras ESG sufrió como consecuencia de su menoscabo por aquellos sectores con un mejor comportamiento relativo, como gas y petróleo.
Si bien los defensores acérrimos de este estilo siempre defenderán que los inversores en ESG lo hacen principalmente por razones morales, lo cierto es que los cambios en rentabilidad relativa han propiciado a su vez datos muy dispares en entradas netas en este tipo de fondos. Los clientes retiraron 40 mil millones de dólares de los fondos de renta variable ESG entre enero y abril, y concretamente en abril se produjo la mayor salida neta, con 14.000 millones, según datos de Barclays. En mayo, sin embargo, las entradas netas fueron positivas ante perspectivas más favorables sobre algunos de los sectores sobre ponderados en estas estrategias, tales como las energías renovables, que cotizan a sus valoraciones más bajas desde la pandemia.
El interés por la inversión ESG goza aún de buena salud, ya que el universo de estos fondos, según datos de Morningstar Direct suma 1,9 millones de millones de dólares (o 1,9 trillones de dólares en terminología estadounidense). Aun así, destinar mayores importes a este estilo de gestión debe obedecer a otras meritorias razones, y no a una mayor rentabilidad esperada o a un menor riesgo.
Decía Mark Twain que quien no lee un periódico no está informado, y quien lo lee está desinformado. Igualmente, quien obvia la inversión ESG puede estar eludiendo un estilo sumamente importante por otros motivos, pero quien invierte atraído por mejores perspectivas de rendimiento está claramente desinformado.
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